lunes, 10 de enero de 2011

La tierra vista por aves y una mujer, Erotismo en el nuevo siglo

La tierra vista por aves y una mujer
 María Cuthbert    




En un elocuente prólogo, María Cuthbert se adhiere a México, a la poesía en español y hace una aportación a lo que considera factores constitutivos de la composición poética: la tradición y la “desmedida libertad” que conviven en la literatura mexicana. Adhesión, como el apoyo que se da a un partido político u otro; además, tributo al trabajo de la mujer, desde una poesía que subraya su identidad femenina. También leemos que Siglos de aire (Conaculta-Ivec, 2010) recoge poemas escritos entre 1978 y 2004, en México y Estados Unidos.

            Una descripción somera del libro de Cuthbert, sin fechas guía al calce, que abarca un periodo largo de escritura, traza líneas de ascenso, el cielo es el mejor lugar para mirar qué pasa en la tierra, de allí el deseo de volar, la admiración por las aves, primero, y por animales y flores después. En el espacio intermedio pasa el tiempo, “esencia volátil” (pág. 23). El águila “en el tiempo y entre elementos nada” (pág. 62).

            Cuthbert le da un lugar destacado a los árboles en general y entre ellos a sicomoros y sauces. Alrededor, flores: hortensias, nardos, gardenias y buganvillas, y un fruto, el durazno. Y animales: caballos, pericos, mariposas, abejas, cangrejos, ranas y un pez. Su poesía es amorosa, pero no conserva imágenes de regocijo o desengaño; es una poesía que interroga la vida de la poeta en un tiempo y en un lugar. En la tierra está su familia, padre, abuela, tía, hermano, hijo, aunque el paisaje puede ser aéreo o marino. El hermano de viaje vuela sobre el océano. El padre es acogido, sus cenizas, “en mares del golfo”.

            Cuthbert acepta los retos formales de la poesía y escribe varios sonetos y octavas reales. Adopta a Sor Juana y sigue a Ida Vitale (poeta uruguaya que vivió en México y que ahora vive en Estados Unidos).
            Hay varios poetas, a los que denomino juguetes, pues representan el placer de la escritura más que el desarrollo de un tema definido. El más sorprendente es el titulado “Poema de cabeza”, para cuya lectura uno debe voltear el libro y buscar las equivalencias de los signos utilizados: el 13 al revés es un El. Pero hay otros: “Cuando rompe la ola, no rompe; el mar juega a tocar su piano en la arena” (pág. 47).

            En el vaivén entre tradición y libertad que señala Cuthbert vemos el camino que va de Sor Juana a Ida Vitale y que pasa por la otra vertiente de esta poesía, la de los cantos dedicados a la patria.

            Debemos a Gabriel Méndez Plancarte (1909-1955) la edición de las obras de Sor Juana que publicó el Fondo de Cultura Económica en 1951. Octavio Paz concluyó años después su estudio sobre la monja-escritora, ante el que Tarsicio Herrera Zapién reaccionó con un libro-crítica: Buena fe y humanismo en Sor Juana (Porrúa, 1984), y con un ensayo aún inédito: “¿Puede Sor Juana descansar en Paz?” (1995). María Cuthbert disertó sobre Sor Juana y Paz en Estados Unidos en 2004.

En el poema “Noticia del mundo” Cuthbert visita la tumba de Sor Juana, a quien considera “portentosa”, a quien mira desvanecerse “dejando tus palabras solas”. Hay en el poema un verso que destaco: “se desangra, se desgrana, se desgana”, para enlazarlo con otro, del poema “Amiga”: “de la vieja patria, de la patria amiga y de la patria nueva”. En este poema, María Cuthbert visita la cocina de la poeta Ida Vitale, allí el azar se torna azahar, en un jardín de sílice, agrego yo con el título de uno de los poemarios de Vitale.

Transcribo el poema “Imagen”, que muestra la prosapia de Cutberth.

“Selénica imagen que a tu existencia lleva
transfiere tu alma y a tu cuerpo deja
aunque te sepa yo presente
no hay retorno
no hay visión que tu presencia muestre
luminosa noche de color ausente” (pág. 54).

Del engarzar palabras que tratan de seguirle el ritmo a la música de la versificación española, hay un aprendizaje que Cuthbert extrae de Sor Juana y que reconoce en Vitale: “No seré yo la única que te canta”, dice, y se mete a trabajar con brasas y combustiones (vista, cielo) y obtiene “humo encapsulado entre las gotas”.

            ¿Qué ocurre con las octavas y los sonetos que enriquecen el libro de Cuthbert? Son síntesis musicales de una sensibilidad que, repito, no se pierde en amores, sino que ama las palabras, que ama elaborar objetos de arte, poemas.

            Me detengo en dos poemas que hacen compañía a la música, guitarra aparte, que deja intocada. En “Música de cuerdas” (pág. 58) leemos:

            “sabe a durazno el sonido de ese chelo
no huele a nardo ni a gardenia
sino a lluvia
se siente castaño y púrpura
y verde si te quiere tanto
te sigue con pálida sonrisa moribunda”

Y en “Afuera” (pág. 59) pone a vibrar voces: “hacia tu luz tenora”, “soprano veta / de tu voz callada”. En una “ráfaga de música” obtiene una sensación sin par: “cosquillea la garganta /del árbol de las flautas largas”.
            Por fin, volvemos a los vuelos de María Cuthbert y atestiguamos una caída. Trata de recordar: “el sonido de mi cráneo en el concreto”, y se pregunta: “¿Sigue aún el alma en mi cuerpo?”.

            La poesía es construir con sonidos, es música que también puede verse, es un pasaje de vida que dicta momentos de alto nivel artístico. Una palabra, el paso de los tiempos que une a mujeres distantes, la vida, como la nostalgia por la patria (sabores, olores, colores), el atravesar el espejo otra vez para ver más, para ver mejor. Subir, caer a veces, estar interrogando el lenguaje para divulgar sus secretos.

            A esto alude María Cuthbert al final del prólogo de su libro Siglos de aire:
            “Estos escritos son un tributo al trabajo de la mujer como colaboradora, amiga, pariente, la india, criolla, mestiza, mulata, y a todo lo que el México de hoy puede hacer, pudo hacer hace un siglo, hace dos siglos y podrá seguir creando a partir de las mujeres”.



Erotismo en el nuevo siglo
Juan Díaz



En estos años se han publicado libros de poemas como nunca antes en México, prueba de ello es el Mapa poético de México, publicado por Adán Echeverría y Armando Pacheco en Yucatán y que incluye incontables poetas nacidos entre 1960 y 1989. Encontrar un poeta como Juan Díaz (seudónimo), que se estuvo preparando como si fuera atleta para una competencia internacional, no es algo que ocurra todos los días. Me explico: escribir poesía puede ser un deporte y el poeta alcanza trofeos y medallas sin proponérselo. Todo poeta es un campeón, pero entre poetas hay diferencias.
            Juan Díaz dio a conocer Animalias (Conaculta-Ivec, 2010) como si hubiera un público lector preparado para recibirlo. Juan nació en Xalapa, estudió en el puerto de Veracruz, trabajó en Aguascalientes y Guanajuato, ahora vive en Guadalajara.
            Es un misterio, que espero se conserve así por mucho tiempo, cómo el estudiar Psicología abre las puertas a zonas de la literatura poco exploradas. Hace tiempo, Luis Martín Santos (1924-1964), director del siquiátrico de San Sebastián, fue una sorpresa en la narrativa con Tiempo de silencio (1961). Su tesis doctoral se titula Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental (1955). El libro de Juan Díaz viene a agitar un estado literario más o menos quieto.
            Animalias es un libro de exploración en la mente literaria, como quien hace un análisis de mentes inestables. Vale decir que los poetas paisajistas escriben uniendo palabras que lanzan chispas. Otros poetas dejan  que el pensamiento ande libre por todos lados, en busca de novedades. Juan Díaz pone en relación (sinapsis) lo primitivo que no deja en paz al ser humano más dueño de su época. Es lo que pasaría en un anuncio de Armani si el modelo sale a la calle desnudo. Juan Díaz llama a sus textos “odas posmodernas” en un pequeño prólogo; también los llama “arte epigramático”.
            A los lectores que les da por recorrer sin sobresaltos libros que confirman el estado actual del lenguaje, se estremecerán con los hallazgos de Juan Díaz. Sabemos que los cambios en el lenguaje común y en el literario son lentos, imperceptibles. Juan Díaz establece un reino donde él es el soberano que dispone de vidas y bienes, se expresa entonces con total libertad y el lector, que se busque el diccionario etimológico de Corominas: ¿cuándo dejó de usarse la frase “a pie puntillas”? ¿O sigue en uso? La tecnología avanza y la gente retrocede, vuelve a la edad media donde encuentra su yo anterior, salvaje. La palabra eugénica es la corona del corpus poético. (Eugenesia: aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana.)
            “Sobre la planicie de la ocurrente, primigenia invención eugénica, hicimos la puebla de la terredad, anduvimos encuerados de orografía de los otros, aprendiendo a usar del cuerpo, de olores y de suavidades, a reconocernos en primeras veces a gatas y chillidos.”
            El paraguayo Augusto Roa Bastos tituló una de sus novelas Hijo de hombre, frase fuerte que dejaba en las orilla el mito del origen divino. Juan Díaz busca más y encuentra a los humanos desnudos y en estado animal, lo que hemos traído hasta nuestros días.
            “… en castigo nos arrinconaron, chancla justa, fusta, periódico enrollado; daban ganas de trepar por las paredes y buscar la grieta, la madriguera; a cambio pensamos la hoja de parra: olvidamos.”
            Los siglos cambiaron la fusta por periódicos enrollados, aunque hay lugares donde no se ha dado tal cambio. Entonces la palabra clave para entender que andemos vestidos es olvido: cubrimos nuestra desnudez y con ello olvidamos el lugar de procedencia, la parte animal que en la actividad sexual aflora.
            El libro contiene partes tituladas “Animalia de los silencios”, “Animalia dispersa” y “Animalia del sentimiento”.
            Juan Díaz encontró la manera de trasladarse en el tiempo e instaurar sobre el dominio del hombre salvaje un erotismo real. Así vive una “Tempestad en Salamanca”:
            “(Luego de un mes entero de aguaceros el río amenaza romper diques, desbaratar puentes y arrasar el centro histórico)
            (…) Se inunda la casa, afuera los gritos apurados, levantando muebles al segundo piso. Gritas, aúllas.
            (…) Reventaron las presas, el torrente sórdido arrastra todo lo que a su paso encuentra. De espaldas a mí, veo tu perlado sudor fluyendo a partir del nacimiento de la nuca, sujeto tu cabello, tu cadera resbala de mi mano, y ya no te siento, desbordo (…) lo mismo arrastro todo lo que a mi paso se interpone…”
            El psicólogo mira en nuestro interior: en la lucha de la animalidad que mueve hay una humanidad que salva. Eros en el arca de Noé. ¿Y los muertos por agua? El ímpetu reproductivo además es bello. El río se desborda, pasa rugiendo destructivo. La muerte es aceptable a cambio de la vida y ésta tiene una representación estética.
            Hay en la poesía mexicana un antecedente: El tigre en la casa (1970), de Eduardo Lizalde, poemario al que siguieron La zorra enferma (1974) y Caza mayor (1979). Juan Díaz va más lejos. En Animalias, en 120 páginas, hay materia para un largo ensayo, un capítulo para la historia universal del erotismo.
            En el poema “Testigos oculares”, Juan Díaz escribe:
            “… esparces tus trapos por todo el cuarto, te desvistes igual serpiente, igual oruga.”
            Para su lectura tenemos que ir enlazando cada parte para llegar al fin a una poesía que no es paisaje ni collage, sí un jardín de las delicias. Fuera del manicomio, entre animales y humanos, las profecías son como un torneo de ajedrez. ¿Por qué Eva? ¿Por qué el silencio previo a su llegada? ¿Por qué el horror junto a ella? Y así, la sucesión de coitos y pesadillas.


Del río al puerto. Raúl Márquez


Del río al puerto

Si la ciudad de México fuera en verdad capital de la república debería detener su crecimiento con muros y policías fronterizos, como hacen en Estados Unidos. Seguiría entonces el proceso de disminución de su tamaño mandando de regreso a sus provincias a miles de personas, como los indocumentados que viven temerosos en Estados Unidos.

            ¿Por qué digo esto? Sabemos que los dineros de la república son mal distribuidos, y tarde. Que la ciudad de México se queda con la parte del león, algo que ocurre con aparente naturalidad debido a los millones de personas que viven allá. Si estas personas, entre las que están familiares, paisanos, amigos, vivieran en sus lugares de nacimiento, la Federación tendría que distribuir el dinero de otra manera, en lugares que prosperarían y no tendrían expatriados.

            Pero no me hagan caso, como escritor me dejo llevar por utopías que creen encontrar soluciones para cambiar el rumbo de la historia, cuando se que a los políticos les cuesta pensar en llevar a cabo empresas difíciles, cuya complejidad los rebasa.

            Empiezo entonces por afirmar que el libro del capitán Raúl Márquez Martínez debe presentarse también en la ciudad de México, que debe distribuirse entre los grandes personajes que viven allá y que son especialistas de diversas instituciones, para que sea útil a más gente, a quienes estén haciendo los atlas histórico-culturales del país.

            Los libros de texto gratuito, hechos en la ciudad de México, pasan por alto la diversidad del país, ignoran a sus personajes, sus hechos, sus paisajes. Terminan ocultando nuestras riquezas, naturales y culturales, y nos hacen sentir pobres en un país lleno de riquezas dejadas de lado: soñamos con ir a Las Vegas y cerramos los ojos frente a La Habana. Hubo una propuesta de la SEP para incluir monografías estatales en las escuelas. Pasó sin pena ni gloria y nadie la recuerda, por allí quedaron los libros, inutilizados.

            El interés por conocer el pasado llevó a Francisco Javier Clavijero, veracruzano del siglo XVIII, a ser el primer historiador de México. En el siglo XIX Miguel Lerdo fue autor de un valioso estudio, con detalles como el recuento de las mercancías que pasaban por los muelles de Veracruz. Recordamos a Manuel Rivera Cambas, quien dio un jalón a la historia regional con libros como la Historia antigua y moderna de Jalapa y de las revoluciones del estado de Veracruz, Los gobernantes de México (de Cortés a Juárez), y otros. Ya en el siglo XX, un distinguido escritor, Leonardo Pasquel, fundó en el D.F. la Editorial Citlaltépetl y rescató a autores y libros del pasado veracruzano, elaboró estudios. En los años recientes, la Universidad Veracruzana ha auspiciado a historiadores que algo han hecho.

            En Tlacotalpan, el arquitecto Humberto Aguirre Tinoco ha sido uno de los promotores de la conservación de la memoria regional.

            Algo de todo esto debe haber fructificado en el ánimo del capitán Márquez Martínez que lo llevó a dedicarse al estudio de Tlacotalpan, su geografía, su historia, sus gentes. Su esposa, María del Carmen Silva Murillo, nos dice en el prólogo del libro Desde mi verde ribera (Conaculta-Ivec, 2010), que el capitán trabajó más de diez años para completarlo. “Es un libro histórico, poético, veraz e interesante”, escribe la señora Silva Murillo.

            Tuve la responsabilidad de cuidar la edición de este libro, lo leí y me fue conquistando, tanto que ahora lo estoy acompañando de regreso, desde el puerto de Veracruz a esta “verde ribera”, como repetía en sus páginas el capitán, al lugar admirado por ustedes y por miles de personas.

            Histórico es, sin duda, por todos lados, incluso por estar en una colección que celebra el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Márquez Martínez le dedica unas páginas a los primeros pobladores, luego a los españoles, a los ataques piratas, a la llegada de la Virgen de la Candelaria, y así entra al periodo que llama el Siglo de Oro de Tlacotalpan, ubicado entre 1813 y 1912.

            Raúl Márquez va entreverando personas y calles de Tlacotalpan, de manera similar a como se da la vida, cuando caminamos por las  calles pensando en nuestros asuntos. Asoman dos sacerdotes, Juan M. Torres y Juan Bestar, y la preocupación por la enseñanza; está el ministro de guerra de Iturbide, Antonio de Medina, y Eugenio Cortés, ejecutor de los planes para establecer una academia náutica aquí, la primera en el país; siguen las hermanas Carvallo Avila, pero no aparecen hasta que el autor anota al médico Joaquín Carvajal Estrada de Iturralde, padre de Joaquín Carvajal Cházaro, a quien llama “humanitario doctor”.

            En esa parte ya hemos recorrido treinta páginas y el barrio de San Miguelito, ya hemos visto fotos de su iglesia y de la parroquia de San Cristóbal, del parque Bravo, una pintura de la plaza de doña Marta, el buque de vapor Tenoya, el buque Tlacotalpan, la casa donde nació el almirante Juan Bautista Topete y Carvallo, “incansable marinero”, y nos hemos detenido ante la majestuosa imagen del navío Asia, representado durante un temporal frente a Perú por Ángel Cortellini, pintor del Museo Naval de Madrid. Y nos damos cuenta que este libro es un museo de papel en nuestras manos. Y, sin ánimo de molestar, me pregunto por los costos de la investigación que llevó por años el capitán Márquez. Me pregunto cuánto aportaron las instituciones del país y si están dispuestas a pagar la continuación de esta obra y otras como esta, ya que no les gusta financiar lo que no está en sus limitados planes anuales.

            Y me respondo con una pesada negativa y con toda la irreverencia que puedo permitirme: no, no hay disposición, aparte que será difícil encontrar a la persona que quiera ponerse al frente. Y sin embargo hay que hacerlo. Si se reparten los costos entre más personas, es posible. Para empezar hay que obtener datos, hay que ir preparando la historia del presente. Los especialistas que ya se cansaron de las historias de los gobernantes le llaman historia de la vida cotidiana, también hay obras que tratan de la vida privada.

            En el libro, el capitán Márquez mira también la emigración hacia el puerto de Veracruz, recuerda el periódico El Correo de Sotavento y cita las palabras que Juan Malpica Silva escribió para celebrar los treinta y cinco años de este medio, en 1903:
            “La agricultura, el comercio, la higiene, las finanzas, las mejoras materiales, los derechos individuales y todo cuanto más ha interesado e interesa a la sociedad, ha ocupado nuestras plumas”.

            Pero, debido a la declinante economía de la región, en 1912 cerró el bisemanario que empezó Pedro Lucas Malpica Díaz en 1868, que siguió su hermano Juan y que continuó el sobrino de éste, Juan Malpica Silva, quien fue director del bisemanario por más de quince años. Al final, ante la crisis económica tuvo que convencerse de que debía irse, ¿a la ciudad de México, o a la de Veracruz?

            Queda un espacio para la reflexión: ¿quiénes relatan hoy el acontecer de Tlacotalpan? Una parte la cubre El Dictamen, con fotos de celebraciones y comentarios sencillos, ¿y lo demás? Vuelvo a lo que dije antes: lo grande parece más importante que lo pequeño, y por eso vamos perdiendo el piso: el puerto cede ante la capital y ésta ante el D.F., y éste ante Washington y Nueva York. Las instalaciones del canal de noticias CNN en español están en Atlanta, EU, y llega a toda América Latina. Negocio redondo: con sólo unos cuantos locutores millones de gentes vivimos creyendo que estamos bien informados.

            El tiempo es uno y el mismo en todos lados, no es flexible, así que las grandes novedades no tienen espacio y sumen en el silencio a nuestro pequeño circo, maroma y teatro.

            Se me ocurren dos soluciones: tener cinco televisiones, varios radios y celulares a mi alrededor, funcionando día y noche, para tratar de no perderme nada de lo que pasa en el mundo. O bien, es más sensato dar un paso atrás y recuperar la calma, preparar a jóvenes para que se ocupen de elaborar y distribuir un nuevo bisemanario en donde nos enteraríamos de lo que han hecho estos días nuestros querido vecinos y así podremos ignorar lo que dijo el presidente de Estados Unidos, que en principio no me está hablando a mí. Del conjunto de esas hojas saldrían los libros de nuestra historia presente, que será un regalo para nuestros descendientes.

          Poético es también este libro, como dice la señora Silva Murillo, y voy a referirme brevemente a este aspecto.

            Raúl Márquez Martínez estudió literatura y el libro incluye quince composiciones suyas, además de poemas de autores como Ramón Caravallo Cházaro, Esteban Quevedo Aguirre, autor del himno de Tlacotalpan, el profesor Avelino Bolaños Palacios, además de que son evocados Gonzalo Beltrán Luchichí, Julio Sesto, Cayetano Rodríguez Beltrán, Luis G. Murillo, hermano de Josefa Murillo, a quien también encontramos aquí, Ignacio M. Luchichí y hay un poema que es una joya, de Juan de Dios Peza, quien visitó Tlacotalpan y le dedicó un poema a su anfitrión, el gobernador Juan de la Luz Enríquez Lara, en 1889, un gran homenaje a “la perla del Papaloapan”, donde escribió, con mirada convencida: “ciudad risueña, / alegre y hospitalaria” (…) “ surge entre las verdes ondas / como una paloma blanca, / porque es la novia del río / más hermoso de mi patria”.

            Es musical porque entre sus poetas está Agustín Lara. 
           Es artístico porque habla de Alberto Fuster, Salvador Ferrando, Gastón Silva Carvajal, Julio Montalvo. Magnífico el retrato de Teodoro Dehesa y Núñez en su juventud, de Fuster, de 1917, y del que inmortalizó a unas jarochas, titulado “Mi abuela en traje de novia”, de Luis Pérez, que representa a la señora Fidela Puente de Olguín.
    
            Es un libro escrito con la sensibilidad con que se escriben los poemas. El libro es además galería y fototeca, pues incluye 17 ilustraciones de pinturas y más de 80 fotografías, algunas de ellas impresas a colores.

            Mencioné La Habana, por su arte. En Cuba estuvo Márquez Martínez en 1995 y en 1997, en un festival iberoamericano de poesía, y años después volvió a participar allá con el Grupo Cucalambé y en una jornada cucalambeana de la décima. Pero también anduvo en La Palma de Gran Canaria, en Los Ángeles.
                     
           La vida ha sido representada a lo largo del tiempo como un viaje, largo, corto, con muchas vueltas o siguiendo una recta; avanza porque incluso el retorno es una estación que se encuentra adelante. Los viajes de un piloto aviador, ir arriba, bajar, como los niños en el tinguilibote, son aventuras que no encuentran a la primera las palabras para compartirlas. El tamaño del reto que enfrentó Raúl Márquez, del que salió triunfante, se encuentra en este libro, un ejemplo de entereza y amor. Raúl lo dijo en una décima:

Pasión

¡Es tanto lo que yo siento
por la tierra en que nací,
que de no haber sido aquí
negaría mi nacimiento!
Diría que nací en el viento,
en un extraño bohío,
y que el murmullo del río
bajo la luz de la luna
fue el canto que oí en la cuna:
¡Tlacotalpan… pueblo mío!

En el viento, su segunda cuna, Raúl Márquez oyó el murmullo del río de la mariposa, y preparó un homenaje para este lugar que encanta a todos los que vienen a conocerlo; esos viajeros tendrán ahora una guía para ver más que los recios muros que aceptan el agua como el abrazo de una diosa ancestral, verán la voluntad de sus habitantes de perseverar en su destino mágico.
            Surca Raúl el viento, recorre la verde ribera, sueña un libro y, gracias a su familia, aquí está, el pasado, un presente para todos ustedes.

La plástica según Salinas, Y lo que falta


 La plástica según Salinas 

    
 Profesor durante casi treinta años en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana y más de treinta en el Instituto Tecnológico de Veracruz, fotógrafo, poeta, Manuel Salinas presentó en el Museo de la Ciudad un disco multimedia sobre artistas veracruzanos en 2005. Dos años después supimos de una segunda edición y lo celebramos en el Cevart (Conaculta-Ivec). En 2010 lo tenemos en libro, en la Colección Bicentenario-Centenario Conaculta-Ivec: El desarrollo de la plástica en la ciudad de Veracruz.
     El antecedente más cercano que recordamos es el libro Expresión plástica. 35 artistas de Veracruz (Gobierno del Estado), de 1995, que recoge diversas opiniones sobre artistas y obras, y Los caminos de la forma y del volumen (Ivec), 1996, editado por Carmen Díaz Rivera y que incluye a 22 autores.
     ¿Prontuario, guía, catálogo? Cincuenta artistas y cuatro o más reproducciones de las obras de cada uno. Manuel Salinas ha invertido muchos años en este estudio, una colección personal; ha hecho entrevistas, ha fotografiado a autores y obras, ha escrito ensayos y comentarios para periódicos, revistas, galerías y para este nuevo libro que celebra esta atmósfera de nuestra historia.
    
     Por edades, los artistas veracruzanos componen tres grupos: de 70 a 79 años, de 52 a 64 años, de 30 a 50 años. El mayor de los incluidos tiene 82 años y los menores, dos jóvenes, tienen 27 y 28 años.

    Hay un hueco notorio en la selección, artistas que tendrían entre 65 y 69 años. ¿No hay, no fueron localizados? Hay que decir que once personas no declararon fecha de nacimiento. La estadística es la siguiente: nacidos en la ciudad de Veracruz, 21; en Veracruz estado, 17; en otros estados, 8; en el D.F., 5; seis no declararon lugar de nacimiento. De Veracruz estado las poblaciones de origen son: Córdoba, Xalapa, Orizaba, Otatitlán, Poza Rica, San Rafael, Tierra Blanca, Tlacotalpan. De otros estados son: Baja California, Chihuahua, Coahuila, Guerrero, Hidalgo, Michoacán, Tabasco, Zacatecas. Una pintora, Cassandra Roberts, nació en Singapur.

     Aquí faltaría saber a qué edad dejaron sus lugares de nacimiento, desde cuándo radican en Veracruz, cuánto tiempo llevan viviendo aquí. Y muy exigentes seríamos si tratáramos de conocer los motivos de sus traslados.
   
    Resaltamos el trabajo de Ida Rodríguez Prampolini sobre el arte mexicano en el siglo XIX en tres volúmenes, de 1964 (2a. ed., 1997). Salinas retoma algo de lo que escribió Rita Eder al respecto: entre 1958 y 1960, Rodríguez Prampolini “concurría diariamente a los gélidos espacios de la hemeroteca”, “pasaba largas horas revisando el material y transcribiendo a pluma el equivalente de tres tomos impresos”.



Los artistas

        Moisés Avendaño, bisagra entre generaciones (nació en 1940), talla madera, como Víctor Manuel Mendoza. Avendaño empezó a exponer en 1994 y Mendoza apenas el año pasado en Xalapa y en Casa Principal, aunque lleva mucho tiempo trabajando. Avendaño ha expuesto en Xalapa y en el DF. La cuestión que entonces surge es sobre las dificultades que los artistas tienen para mostrar sus obras. Mover las pesadas piezas que trabajan no es sencillo, ni barato, por lo que parece necesario buscar alternativas de exhibición.

        La Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, en Xalapa, es el principal lugar de formación de artistas en el estado. En la ciudad de Veracruz hay tres sitios con ese fin: la Escuela Municipal de Bellas Artes, la Escuela de Artes Plásticas y los talleres libres de artes plásticas de la U.V. Para exposiciones está Sala Oriente y Casa Principal, Ivec; Galería de la USBI, UV; Galería Xanat, de la Universidad C. Colón; el Centro Veracruzano de las Artes, Conaculta-Ivec; la Galería del WTC, administrado por el DIF estatal. Y hoteles, restaurantes, bares y otros sitios que apoyan la divulgación artística.

          Al leer las fichas de los artistas seleccionados por Manuel Salinas, en cuanto a exposiciones individuales y colectivas, sobresale una aceptable atención de la oferta. No hay datos sobre la demanda: ¿cuántos cuadros o piezas venden al año?

            En cuanto a la difusión fuera de la ciudad, los artistas exponen en Xalapa y en el D.F., a veces en otros estados y muy poco en el extranjero.

            Por cercanía, Estados Unidos, y en especial Texas, son lugares favorables al arte veracruzano y sin embargo Canadá es un país más receptivo. Hay interés por Cuba y España como destinos pero no hay un flujo internacional establecido y más bien queda la impresión de que se trata de relaciones casuales. Este año varios artistas veracruzanos fueron recibidos en Holanda, por gestiones del Ivec y el Colectivo Múcar, y artistas holandeses estuvieron en la ciudad de Veracruz.

            Podríamos asegurar que hacen falta agentes comerciales que se interesen por el arte veracruzano, pero surge una enorme pregunta: ¿qué pasa con los artistas de otros países y con el mercado del arte? Es difícil creer que en otros países no hay artistas y que los compradores y el público esté ávido de abrir galerías y museos para los veracruzanos. Hace falta movilidad y publicidad.

            Si entre el libro Expresión plástica y este de Manuel Salinas pasaron quince años; si la investigación de Rodríguez Prampolini sobre la crítica de arte en México en el siglo XIX tardó más de treinta años en volver a ser publicado; si otros libros, como los de Justino Fernández, de Manuel Toussaint y otros han necesitado de toda una vida para producirse, ¿cuánto tiempo debe pasar para que en la ciudad de Veracruz haya crítica de arte?, aparte de la labor de Ivonne Moreno y Manuel Salinas, que no sean comentarios fugaces, y monografías sobre los autores, tesis, todo lo que son los cimientos del reconocimiento público de los artistas y, sobre todo, de nuestro tiempo?

            El que sea, no se me ocurre otra solución que insistir: ¡hay que empezar a diario!
            Hay que ayudar a recorrer el camino que ha venido trazando Manuel Salinas.



Vasos comunicantes


            La formación académica de Luis Armando Torres Camacho, químico farmacéutico biólogo, lo lleva a enfrentar la muerte con franqueza, con familiaridad, y escribe poemas donde se representa a él mismo en su ataúd. A continuación se ocupa de la muerte de sus padres, de su hermana. Luis Armando ha sido profesor y ha trabajado en laboratorios clínicos y en uno de los hospitales más grandes de Veracruz. También ha pasado días internado como paciente.
         
           Poemas en la niebla (Conaculta-Ivec, 2010) trata de un alma que vaga rodeada de sonidos. “Ecos de soledad” y “Anticipación al eco” son los títulos de las dos primeras secciones del libro. La vida genera ruidos que llegan al poeta sometido a la anestesia, con la percepción agudizada además por lo que está pasando. Cierra los ojos y no sabe si volverá a abrirlos. Va enojado y sus pensamientos giran y aumentan su confusión: “Ven muerte. / ¿Dije ven?” (pág. 26) Al fin, se hunde en el recuerdo de la casa de su infancia, “con reales gentes muertas”: “más muertos que vivos / más fantasmas habitan sus rincones” (págs. 28-29).

            Luego sigue con sonetos de forma irrespetada, rota; el vacío lo domina aunque se permite un resurgimiento a la vida que termina en fiesta, y regresa al tema de la muerte. En “Amoroso” celebra la vida y no puede evitar sentirse rodeado por sentimientos oscuros. En “Nuestros hijos” recrea una fiesta que se prolonga debido a una inundación que sitia a los concurrentes. Deja mensajes a sus hijos, les reitera su amor, y sigue peleando, lo rodea el silencio, trata de escaparse de su cuerpo y no puede.

            Armando Torres ha publicado una novela, Demencia y crimen, que va en su segunda edición, un volumen de cuentos, Felipe, y, una obra de teatro, Fobia.

            La poesía, como la música, nos permite compartir sentimientos cuya hondura suele quedar velada. Las lágrimas, en pasajes importantes de la vida, son el mensaje de la tristeza íntima. El poeta nos habla de sus miedos, de la soledad que siente cuando la salud decae y de las preguntas de los hijos preocupados.

            Armando Torres escribe su odisea al ir llegando a los sesenta años de edad. Va por los pasillos donde los médicos someten a monstruos (ruidos) con armas prodigiosas (silencio). Así, le dice a uno de sus hijos:

“Pudiera yo dejarte alguna vez
si no hubiese notado cómo
la risa de tus labios se repite en mis recuerdos
cada segundo de mi divagar alegre y nostálgico.” (pág. 79)


En la actual etapa de su viaje el poeta visita a sus muertos queridos, habla de su esposa, le cuenta aventuras tenidas en las islas cubiertas de niebla, del ruido y el silencio. Cuando cesa el ruido el poeta se cree muerto; lo peor era el ruido que le recordaba la posibilidad de la muerte: “por desgracia / fobias sonoras me atormentan / mi rostro endurece / atosigado por el barullo” (…) “Miro hacia dentro / encuentro al silencio interno” (págs. 82-83).
            La poesía mexicana contaba con un poema de Bernardo Ortiz de Montellano, “Segundo sueño”, en el que recuperó su experiencia con la anestesia en un quirófano. La niebla que flota sobre el libro de Armando Torres agrega la situación de quien ha vivido cotidianamente en la ruta que lleva a la sala de operaciones.

            “Incómodo por las agudas y escurridizas miradas,
            que en ocasiones reflejaban un miedo desvaído,
con recelo,
volví a mi morada abandonada,
doblé las cadenas oxidadas
y cerré los gruesos candados” (pág. 12)

En dos poemas distintos, Armando Torres juega con las mismas palabras, que reordena; asegura a sus hijos que no morirá:

… Es tu ira la ira de mis días
mi dolor grita en el viento suave
de una noche fresca de invierno
con negros nubarrones en los ojos de
los desvelados

Al sentir tu angustia
de mi boca sale un aullido de muerte.
¿Quién podría renunciar a ti? … (pág. 74)


… tu ira la ira de mis días
                                tu necedad

tu dolor es un grito desgarrante en el viento
suave de una noche fresca de invierno
con negros nubarrones en los ojos de
un desvelado

de mi boca sale un aullido de muerto
al sentir tus angustias

cómo podría renunciar a mí … (pág. 79)






Y lo que falta


La narrativa en la ciudad de Veracruz tiene muy pocos cultivadores. Y mujeres narradoras hay tres o cuatro (Norma Lazo, Martha Elsa Durazzo, Gabriela Velázquez), por lo que el libro La mujer que escapaba de noche (Conaculta-Ivec, 2010), de Glenda Castillo, es una joya. Glenda tardó años en decidirse a publicar y así lo hace constar en el prólogo Ursula Ramos, quien ha atendido el taller de Literatura del Ivec desde que éste abrió sus puertas, a fines de los años ochenta. Así que podemos asegurar que el tiempo de maduración de una escritora se parece al de la planta que termina siendo embriagante tequila, el maguey.

            Frecuentador de los relatos escritos por hombres, he sentido especial curiosidad por la producción originada en las formas de ser de las mujeres. Hay que recordar que Aurore Lucile Dupin tuvo que dar a conocer sus obras bajo un seudónimo masculino, George Sand. Flaubert provocó la discusión más conocida en el siglo XIX a propósito de la señora Bovary. Pero los maestros en el retrato novelístico de las mujeres son muchos, el más notable es Leopoldo Alas, autor de la admirada Ana Ozores, en La regenta.

            En 2007 llegó a Veracruz el libro Atrapadas en la madre, que unió a Elena Garro, Rosario Castellanos e Inés Arredondo, nacidas en los años veinte, con escritoras que deben haber empezado sus carreras literarias en los años cincuenta o sesenta. Los cuentos de Glenda Castillo muy bien podrían aparecer en un volumen que incluyera a escritoras de las nuevas generaciones, por la calidad de su escritura y por el mundo que describe.

            El libro de Glenda trata asuntos con finales abiertos. Son diecisiete textos que tienen como personajes principales a mujeres, excepto dos. Hay en todos un movimiento que le da carácter al libro, imagen de lo que está pasando en la sociedad actual.

            El libro empieza en la playa y llega al desierto, a Ciudad Delicias, recorre urbes y lo que hay que preguntarse es por qué se están yendo las mujeres, o a dónde van. Uno de los cuentos se llama “La mudanza”, lo cual remarca esta movilidad. Puede tratarse del impulso que las está llevando a Estados Unidos, o a la muerte. Hay en nuestros días, y en la escritura de Glenda, una violencia contenida y una fuerza que se manifiesta rompiendo el pasado conocido, que acecha en cada página, incluso en el cuento infantil del final, “De princesas y dragones”.
            En el primer cuento leemos:
            “Los diminutos pies descalzos dejaron un leve rastro en la arena que la marea borró por completo”.
Así abre Glenda su libro, abre las puertas de un mundo cuyos orígenes quedan fuera de la historia. Más adelante, la mujer dice:
“No tengo a dónde ir.”
            Y acerca de su nombre, afirma:
            “Yo me siento como si tuviera todos” (los nombres).
            Entonces la narradora redondea su intención:
            “Él no conocía ningún detalle de su vida, nunca preguntaba de dónde venía, ni qué hacía aquella noche en la playa”.
            El final, las huellas, la marea, confirman la delicada naturaleza de la mujer, un ser evanescente.
            El prodigio del encuentro, como si se tratara de la aparición de una sirena, es también un drama: “el mar bota lo que ya no sirve”, dice un pescador. Encuentro este ambiente, resuelto con trazos rápidos, paralelo al de Las pirañas aman en cuaresma, de Hugo Argüelles, en una versión inesperada.
            Cinco personajes no tienen nombre en el libro, lo que incrementa la validez social de los asuntos tratados. En uno de los relatos, la mujer que acude a consulta con un sicólogo insiste: “Díganme Pily”. Vuelvo a la mujer del pescador del primer cuento, de quien se nos dice que “se había acostumbrado al cambio de nombre”, ya que “su nueva vida requería (…) renovada identidad”.
            Esto, la búsqueda de identidad, es una de las claves que ofrece Glenda para hablarnos de lo que están haciendo las mujeres en estos tiempos. La señal primera de su nueva condición empieza con el nombre.
            Al lado, el hastío masculino, quizás cierto cansancio histórico, descuida la mágica feminidad y –pienso– pierde a Eva, la primera mujer sin nombre de nuestra cultura. Quedamos de esta manera frente a una nueva historia: no habrían sido dos los expulsados del paraíso, sino uno, el huraño, el díscolo hombre.
            En otro cuento, “Lo perdí cuando…”, el varón abusivo morirá, a pesar de que “eran otros tiempos, un hombre podía matar a su mujer y nadie decía nada, estaba bien, para eso era suya”, cuenta la nieta. Al huir, cuando era joven la abuela, se pierde al no distinguir en el monte “los caminos de hombre”. Queda claro. La mujer al irse hace un camino nuevo.
            En el cuento infantil y en el que trata acerca de una familia, “Casa ajena”, la escritora plantea esperanzas y soluciones. En uno, la princesa no será rescatada eficazmente por un príncipe, aunque sí recibe la ayuda que él le dará, ya que “todas las princesas son rescatadas” –dice la madre a su hija–, pero no para ser adornos de sus palacios sino porque saben “amarse mucho a sí mismas”. El cuento mil veces contado es actualizado con un humor escaso en la literatura: el príncipe le regala una grabadora con pilas “del gato negro” y cassettes de Serrat y Perales, y la princesa pondrá un spa  para atender a las damas del reino. Sin embargo, la narradora revelará que fueron felices para siempre, “pero cada quien por su lado”. En la primera ausencia del príncipe, que tiene que ir a ver a una ogra que lo retiene, éste al regresar no encuentra a la princesa: “¿qué pasó con ella?”, pregunta la niña que escucha el cuento. Los lectores deben saberlo. La narradora lo plantea así: si una mujer encuentra al verdadero amor, toma la forma de éste. Ella no espera al príncipe porque “se habría convertido en ogra”.
            En “Casa ajena”, el más extenso de los cuentos, una familia llega a un pueblo abandonado y ocupa la casa más habitable, a la que llegará la hija de la difunta propietaria.
            “–El pueblo se está muriendo –dijo el hombre–, sólo hay viejos y mujeres; los niños nada más crecen tantito y se van, las chamacas de sirvientas y los varones al otro lado a buscar al padre que hace tiempo no manda nada, ni siquiera una carta, y luego, cuando las mujeres se ven solas sin hijos y sin marido ¿a qué se quedan?... También agarran camino, sólo hay algunos viejos, no se van porque si los desarraigan se mueren, apenas sobreviven con lo poco que algunos envían…” (pág. 31).
            Hay aquí una curiosa idea de la narradora. El padre de su relato, un “capitalino”, no conocía la tierra porque había pasado su vida en un departamento y en una fábrica de cemento. Había conocido la arena de Acapulco, pero nada más. La única tierra que recuerda es la que vio de niño en una maceta.
            Lo demás lo adelanto aquí porque es otra clave del libro. Los lectores nos preguntamos, a lo largo del libro de Glenda Castillo, ¿a dónde van las mujeres que escapan? Es posible que en “Casa ajena” esté la respuesta.
En dos momentos distintos (en las páginas 31 y 41) surge la interrogante: “¿a dónde vamos?”. Y hay que saber responderla para evitar la separación de la familia. En un viejo vehículo va la abuela paterna, el papá, la mamá, dos hijos jóvenes y dos hijos niños, gemelos. Hay otros personajes: Eustacio, su hija Blanca y Eduviges, la heredera de la casa. Un relato maravilloso, escrito con maestría, ya un clásico para la literatura veracruzana y para México.