El pasado 11 de septiembre se conmemoraron 180 años de la Victoria de Tampico. En aquella ciudad hubo celebración y gracias a las gestiones constantes del historiador David Granados Ramírez y de la Asociación Rescate Histórico de México, el hecho histórico no paso desapercibido. Pero… ¿Qué se conmemoró?.
Ni más ni menos que la derrota de la vanguardia española de reconquista a cargo del ejército de operaciones al mando del General Antonio López de Santa Anna quien contuvo en las riveras del Pánuco a las huestes de Fernando VII al mando del Brigadier Isidro Barradas.
Algunos historiadores me dirán que los españoles realmente fueron derrotados por la impericia de su comandante ó por los elementos naturales; llámese huracán, moscos, enfermedades. Muchos detractores del general Santa Anna a través del tiempo han querido minimizar e incluso desaparecer de los anales de la historia aquella épica jornada, lo cierto es que de no ser por el inquieto general veracruzano, a estas alturas es probable que aún seguiríamos festejando los nacimientos de las infantas y manteniendo, además de nuestros distinguidos diputados, el costoso estilo de vida de los Borbones.
Además de objetivos, debemos ser muy realistas, recordando que en 1829 el país venía saliendo de una revolución que había provocado fuga de capitales - el saqueo del Parián- para darnos una idea de la situación financiera recurriré al análisis hecho por Lorenzo de Zavala - el Agustín Carstens de aquella época- el cual manifestaba que las aduanas marítimas estaban empeñadas en millón y medio de pesos y que en síntesis, las rentas publicas habían desaparecido y el crédito era inexistente por la suspensión de pagos a los acreedores.
Ante este panorama desolador, grupos Borbonistas en México alentaron la famosa expedición de reconquista, sin contar que el General Santa Anna recolectando dinero por aquí y por allá, logró salir de Veracruz con un grupo de valientes soldados y voluntarios para enfrentar la amenaza hispana.
Hoy en día se siguen publicando libros y novelas sobre la vida de Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez Lebrón, en muchos se le acusa de haber vendido más de la mitad del territorio. ¡Falso! Cuando los tratados de Guadalupe Hidalgo se firmaron ya no ejercía el poder y de hecho andaba a salto de mata tratando de evadir una patrulla de ranger´s que andaba tras su cabeza, mejor sería que los historiadores den a conocer los nombres y apellidos de los diputados que aprobaron los tratados. ¿Vendió la mesilla?, esa parte es cierta en el sentido de que, o vendía o los americanos nos la quitaban por la fuerza.
Que si dictador, que si un vende patria, etc, etc, sin embargo en mi opinión y después de estudiar con detenimiento su vida, creo que el señor podría haber sido todo menos un cobarde, tal vez si un desencantado del país o de los verdaderos dueños del poder que tantas veces lo llamaron al ejercerlo y otras tantas lo dejaron sólo con todo el paquete.
En mi opinión creo que Santa Anna fue una necesidad de su tiempo, y aunque a muchos no les agradará este artículo, les diré que mejor nos apliquemos en trabajar mejor el tema, ya que no es posible que otros investigadores –extranjeros- saquen mayores conjeturas y provechos para sus Universidades sobre vida y obra del general Santa Anna, como la famosa Victoria de Tampico o de su aportación a la naciente republica al haberse opuesto a Iturbide en diciembre de 1822. Les guste o no, el general Santa Anna fue el padre de la republica y la ciudad de Veracruz orgullosamente fue sede se ese grito libertario, tal como en su momento Guanajuato del grito de Dolores.
Al ahondar más sobre su vida, no que queda la mayor duda que Santa Anna buscó sin conseguirlo, la muerte en el campo de batalla; adicto a los juegos de azar, a la gloria y enemigo de ejercer el poder burocrático, decepcionado de todos y de él mismo, afrontó un cruel destino no digno de los hombres de su talla. Así como el gran Corso terminó sus días oteando el horizonte desde una Isla perdida, el vencedor de Tampico, el protector de la libertad mexicana vio llegar sus días empapado de excremento líquido y envuelto en su hedor a los 82 años de edad.
Insisto pues, que a nuestra memoria colectiva le hace falta ejercitar más el hemisferio histórico. A los que estén en contra de este artículo les diré lo que sí definitivamente no es posible. No es posible que exista una estatua de Vicente Fox, de Rafael Acosta “Juanito”, estadios deportivos o avenidas con el nombre de José López Portillo y no haya nada con el nombre de Antonio López de Santa Anna.
Me queda claro que existieron varios Santa Anna, el de antes y después de la Fiesta de San Jacinto durante la guerra de Texas pero también el Santa Anna insurgente, el Santa Anna Republicano y el Santa Anna héroe de Tampico son importantes de rescatar para comprender nuestra historia como nación independiente.
La muerte libera, la muerte absuelve, tal vez la muerte premie a los hombres que la encuentren a tiempo, como Hidalgo quien ya se autonombraba Alteza Serenísima, como Juárez quien iba por su siguiente reelección o como Mouriño que ya no respondió por el asunto de los contratos. En el caso del general Santa Anna la muerte lo despreció, lo evitó en sus momentos de gloria, si hubiera sucumbido en las revieras del Pánuco o con su pierna en Veracruz, durante la guerra de los pasteles, es claro que hoy en día en cada ciudad del país existiría una estatua del padre de la República, del vencedor de Tampico, del cesar veracruzano.
Subo la escalinata del Tepeyac, encuentro mi objetivo y sí, no voy a mentir, mi alma se estremece al comprobar que la memoria sigue ausente, dispersa, lejana y fría. Si algunos repiten la frase de: España nunca madre siempre madrastra, yo al poner el pie en aquel cementerio me pregunto si el México lindo y querido es autista o solo desmemoriado, o como decía la abuela: los mexicanos se hacen como tío lolo.
En una modesta tumba descuidada, invadida por la maleza, con seis antorchas invertidas que significan que Tánatos, el genio de la muerte, siega una vida, se encuentran los restos de aquel que en el campo de batalla burló a la muerte pero no su destino.