lunes, 10 de enero de 2011

La plástica según Salinas, Y lo que falta


 La plástica según Salinas 

    
 Profesor durante casi treinta años en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana y más de treinta en el Instituto Tecnológico de Veracruz, fotógrafo, poeta, Manuel Salinas presentó en el Museo de la Ciudad un disco multimedia sobre artistas veracruzanos en 2005. Dos años después supimos de una segunda edición y lo celebramos en el Cevart (Conaculta-Ivec). En 2010 lo tenemos en libro, en la Colección Bicentenario-Centenario Conaculta-Ivec: El desarrollo de la plástica en la ciudad de Veracruz.
     El antecedente más cercano que recordamos es el libro Expresión plástica. 35 artistas de Veracruz (Gobierno del Estado), de 1995, que recoge diversas opiniones sobre artistas y obras, y Los caminos de la forma y del volumen (Ivec), 1996, editado por Carmen Díaz Rivera y que incluye a 22 autores.
     ¿Prontuario, guía, catálogo? Cincuenta artistas y cuatro o más reproducciones de las obras de cada uno. Manuel Salinas ha invertido muchos años en este estudio, una colección personal; ha hecho entrevistas, ha fotografiado a autores y obras, ha escrito ensayos y comentarios para periódicos, revistas, galerías y para este nuevo libro que celebra esta atmósfera de nuestra historia.
    
     Por edades, los artistas veracruzanos componen tres grupos: de 70 a 79 años, de 52 a 64 años, de 30 a 50 años. El mayor de los incluidos tiene 82 años y los menores, dos jóvenes, tienen 27 y 28 años.

    Hay un hueco notorio en la selección, artistas que tendrían entre 65 y 69 años. ¿No hay, no fueron localizados? Hay que decir que once personas no declararon fecha de nacimiento. La estadística es la siguiente: nacidos en la ciudad de Veracruz, 21; en Veracruz estado, 17; en otros estados, 8; en el D.F., 5; seis no declararon lugar de nacimiento. De Veracruz estado las poblaciones de origen son: Córdoba, Xalapa, Orizaba, Otatitlán, Poza Rica, San Rafael, Tierra Blanca, Tlacotalpan. De otros estados son: Baja California, Chihuahua, Coahuila, Guerrero, Hidalgo, Michoacán, Tabasco, Zacatecas. Una pintora, Cassandra Roberts, nació en Singapur.

     Aquí faltaría saber a qué edad dejaron sus lugares de nacimiento, desde cuándo radican en Veracruz, cuánto tiempo llevan viviendo aquí. Y muy exigentes seríamos si tratáramos de conocer los motivos de sus traslados.
   
    Resaltamos el trabajo de Ida Rodríguez Prampolini sobre el arte mexicano en el siglo XIX en tres volúmenes, de 1964 (2a. ed., 1997). Salinas retoma algo de lo que escribió Rita Eder al respecto: entre 1958 y 1960, Rodríguez Prampolini “concurría diariamente a los gélidos espacios de la hemeroteca”, “pasaba largas horas revisando el material y transcribiendo a pluma el equivalente de tres tomos impresos”.



Los artistas

        Moisés Avendaño, bisagra entre generaciones (nació en 1940), talla madera, como Víctor Manuel Mendoza. Avendaño empezó a exponer en 1994 y Mendoza apenas el año pasado en Xalapa y en Casa Principal, aunque lleva mucho tiempo trabajando. Avendaño ha expuesto en Xalapa y en el DF. La cuestión que entonces surge es sobre las dificultades que los artistas tienen para mostrar sus obras. Mover las pesadas piezas que trabajan no es sencillo, ni barato, por lo que parece necesario buscar alternativas de exhibición.

        La Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, en Xalapa, es el principal lugar de formación de artistas en el estado. En la ciudad de Veracruz hay tres sitios con ese fin: la Escuela Municipal de Bellas Artes, la Escuela de Artes Plásticas y los talleres libres de artes plásticas de la U.V. Para exposiciones está Sala Oriente y Casa Principal, Ivec; Galería de la USBI, UV; Galería Xanat, de la Universidad C. Colón; el Centro Veracruzano de las Artes, Conaculta-Ivec; la Galería del WTC, administrado por el DIF estatal. Y hoteles, restaurantes, bares y otros sitios que apoyan la divulgación artística.

          Al leer las fichas de los artistas seleccionados por Manuel Salinas, en cuanto a exposiciones individuales y colectivas, sobresale una aceptable atención de la oferta. No hay datos sobre la demanda: ¿cuántos cuadros o piezas venden al año?

            En cuanto a la difusión fuera de la ciudad, los artistas exponen en Xalapa y en el D.F., a veces en otros estados y muy poco en el extranjero.

            Por cercanía, Estados Unidos, y en especial Texas, son lugares favorables al arte veracruzano y sin embargo Canadá es un país más receptivo. Hay interés por Cuba y España como destinos pero no hay un flujo internacional establecido y más bien queda la impresión de que se trata de relaciones casuales. Este año varios artistas veracruzanos fueron recibidos en Holanda, por gestiones del Ivec y el Colectivo Múcar, y artistas holandeses estuvieron en la ciudad de Veracruz.

            Podríamos asegurar que hacen falta agentes comerciales que se interesen por el arte veracruzano, pero surge una enorme pregunta: ¿qué pasa con los artistas de otros países y con el mercado del arte? Es difícil creer que en otros países no hay artistas y que los compradores y el público esté ávido de abrir galerías y museos para los veracruzanos. Hace falta movilidad y publicidad.

            Si entre el libro Expresión plástica y este de Manuel Salinas pasaron quince años; si la investigación de Rodríguez Prampolini sobre la crítica de arte en México en el siglo XIX tardó más de treinta años en volver a ser publicado; si otros libros, como los de Justino Fernández, de Manuel Toussaint y otros han necesitado de toda una vida para producirse, ¿cuánto tiempo debe pasar para que en la ciudad de Veracruz haya crítica de arte?, aparte de la labor de Ivonne Moreno y Manuel Salinas, que no sean comentarios fugaces, y monografías sobre los autores, tesis, todo lo que son los cimientos del reconocimiento público de los artistas y, sobre todo, de nuestro tiempo?

            El que sea, no se me ocurre otra solución que insistir: ¡hay que empezar a diario!
            Hay que ayudar a recorrer el camino que ha venido trazando Manuel Salinas.



Vasos comunicantes


            La formación académica de Luis Armando Torres Camacho, químico farmacéutico biólogo, lo lleva a enfrentar la muerte con franqueza, con familiaridad, y escribe poemas donde se representa a él mismo en su ataúd. A continuación se ocupa de la muerte de sus padres, de su hermana. Luis Armando ha sido profesor y ha trabajado en laboratorios clínicos y en uno de los hospitales más grandes de Veracruz. También ha pasado días internado como paciente.
         
           Poemas en la niebla (Conaculta-Ivec, 2010) trata de un alma que vaga rodeada de sonidos. “Ecos de soledad” y “Anticipación al eco” son los títulos de las dos primeras secciones del libro. La vida genera ruidos que llegan al poeta sometido a la anestesia, con la percepción agudizada además por lo que está pasando. Cierra los ojos y no sabe si volverá a abrirlos. Va enojado y sus pensamientos giran y aumentan su confusión: “Ven muerte. / ¿Dije ven?” (pág. 26) Al fin, se hunde en el recuerdo de la casa de su infancia, “con reales gentes muertas”: “más muertos que vivos / más fantasmas habitan sus rincones” (págs. 28-29).

            Luego sigue con sonetos de forma irrespetada, rota; el vacío lo domina aunque se permite un resurgimiento a la vida que termina en fiesta, y regresa al tema de la muerte. En “Amoroso” celebra la vida y no puede evitar sentirse rodeado por sentimientos oscuros. En “Nuestros hijos” recrea una fiesta que se prolonga debido a una inundación que sitia a los concurrentes. Deja mensajes a sus hijos, les reitera su amor, y sigue peleando, lo rodea el silencio, trata de escaparse de su cuerpo y no puede.

            Armando Torres ha publicado una novela, Demencia y crimen, que va en su segunda edición, un volumen de cuentos, Felipe, y, una obra de teatro, Fobia.

            La poesía, como la música, nos permite compartir sentimientos cuya hondura suele quedar velada. Las lágrimas, en pasajes importantes de la vida, son el mensaje de la tristeza íntima. El poeta nos habla de sus miedos, de la soledad que siente cuando la salud decae y de las preguntas de los hijos preocupados.

            Armando Torres escribe su odisea al ir llegando a los sesenta años de edad. Va por los pasillos donde los médicos someten a monstruos (ruidos) con armas prodigiosas (silencio). Así, le dice a uno de sus hijos:

“Pudiera yo dejarte alguna vez
si no hubiese notado cómo
la risa de tus labios se repite en mis recuerdos
cada segundo de mi divagar alegre y nostálgico.” (pág. 79)


En la actual etapa de su viaje el poeta visita a sus muertos queridos, habla de su esposa, le cuenta aventuras tenidas en las islas cubiertas de niebla, del ruido y el silencio. Cuando cesa el ruido el poeta se cree muerto; lo peor era el ruido que le recordaba la posibilidad de la muerte: “por desgracia / fobias sonoras me atormentan / mi rostro endurece / atosigado por el barullo” (…) “Miro hacia dentro / encuentro al silencio interno” (págs. 82-83).
            La poesía mexicana contaba con un poema de Bernardo Ortiz de Montellano, “Segundo sueño”, en el que recuperó su experiencia con la anestesia en un quirófano. La niebla que flota sobre el libro de Armando Torres agrega la situación de quien ha vivido cotidianamente en la ruta que lleva a la sala de operaciones.

            “Incómodo por las agudas y escurridizas miradas,
            que en ocasiones reflejaban un miedo desvaído,
con recelo,
volví a mi morada abandonada,
doblé las cadenas oxidadas
y cerré los gruesos candados” (pág. 12)

En dos poemas distintos, Armando Torres juega con las mismas palabras, que reordena; asegura a sus hijos que no morirá:

… Es tu ira la ira de mis días
mi dolor grita en el viento suave
de una noche fresca de invierno
con negros nubarrones en los ojos de
los desvelados

Al sentir tu angustia
de mi boca sale un aullido de muerte.
¿Quién podría renunciar a ti? … (pág. 74)


… tu ira la ira de mis días
                                tu necedad

tu dolor es un grito desgarrante en el viento
suave de una noche fresca de invierno
con negros nubarrones en los ojos de
un desvelado

de mi boca sale un aullido de muerto
al sentir tus angustias

cómo podría renunciar a mí … (pág. 79)






Y lo que falta


La narrativa en la ciudad de Veracruz tiene muy pocos cultivadores. Y mujeres narradoras hay tres o cuatro (Norma Lazo, Martha Elsa Durazzo, Gabriela Velázquez), por lo que el libro La mujer que escapaba de noche (Conaculta-Ivec, 2010), de Glenda Castillo, es una joya. Glenda tardó años en decidirse a publicar y así lo hace constar en el prólogo Ursula Ramos, quien ha atendido el taller de Literatura del Ivec desde que éste abrió sus puertas, a fines de los años ochenta. Así que podemos asegurar que el tiempo de maduración de una escritora se parece al de la planta que termina siendo embriagante tequila, el maguey.

            Frecuentador de los relatos escritos por hombres, he sentido especial curiosidad por la producción originada en las formas de ser de las mujeres. Hay que recordar que Aurore Lucile Dupin tuvo que dar a conocer sus obras bajo un seudónimo masculino, George Sand. Flaubert provocó la discusión más conocida en el siglo XIX a propósito de la señora Bovary. Pero los maestros en el retrato novelístico de las mujeres son muchos, el más notable es Leopoldo Alas, autor de la admirada Ana Ozores, en La regenta.

            En 2007 llegó a Veracruz el libro Atrapadas en la madre, que unió a Elena Garro, Rosario Castellanos e Inés Arredondo, nacidas en los años veinte, con escritoras que deben haber empezado sus carreras literarias en los años cincuenta o sesenta. Los cuentos de Glenda Castillo muy bien podrían aparecer en un volumen que incluyera a escritoras de las nuevas generaciones, por la calidad de su escritura y por el mundo que describe.

            El libro de Glenda trata asuntos con finales abiertos. Son diecisiete textos que tienen como personajes principales a mujeres, excepto dos. Hay en todos un movimiento que le da carácter al libro, imagen de lo que está pasando en la sociedad actual.

            El libro empieza en la playa y llega al desierto, a Ciudad Delicias, recorre urbes y lo que hay que preguntarse es por qué se están yendo las mujeres, o a dónde van. Uno de los cuentos se llama “La mudanza”, lo cual remarca esta movilidad. Puede tratarse del impulso que las está llevando a Estados Unidos, o a la muerte. Hay en nuestros días, y en la escritura de Glenda, una violencia contenida y una fuerza que se manifiesta rompiendo el pasado conocido, que acecha en cada página, incluso en el cuento infantil del final, “De princesas y dragones”.
            En el primer cuento leemos:
            “Los diminutos pies descalzos dejaron un leve rastro en la arena que la marea borró por completo”.
Así abre Glenda su libro, abre las puertas de un mundo cuyos orígenes quedan fuera de la historia. Más adelante, la mujer dice:
“No tengo a dónde ir.”
            Y acerca de su nombre, afirma:
            “Yo me siento como si tuviera todos” (los nombres).
            Entonces la narradora redondea su intención:
            “Él no conocía ningún detalle de su vida, nunca preguntaba de dónde venía, ni qué hacía aquella noche en la playa”.
            El final, las huellas, la marea, confirman la delicada naturaleza de la mujer, un ser evanescente.
            El prodigio del encuentro, como si se tratara de la aparición de una sirena, es también un drama: “el mar bota lo que ya no sirve”, dice un pescador. Encuentro este ambiente, resuelto con trazos rápidos, paralelo al de Las pirañas aman en cuaresma, de Hugo Argüelles, en una versión inesperada.
            Cinco personajes no tienen nombre en el libro, lo que incrementa la validez social de los asuntos tratados. En uno de los relatos, la mujer que acude a consulta con un sicólogo insiste: “Díganme Pily”. Vuelvo a la mujer del pescador del primer cuento, de quien se nos dice que “se había acostumbrado al cambio de nombre”, ya que “su nueva vida requería (…) renovada identidad”.
            Esto, la búsqueda de identidad, es una de las claves que ofrece Glenda para hablarnos de lo que están haciendo las mujeres en estos tiempos. La señal primera de su nueva condición empieza con el nombre.
            Al lado, el hastío masculino, quizás cierto cansancio histórico, descuida la mágica feminidad y –pienso– pierde a Eva, la primera mujer sin nombre de nuestra cultura. Quedamos de esta manera frente a una nueva historia: no habrían sido dos los expulsados del paraíso, sino uno, el huraño, el díscolo hombre.
            En otro cuento, “Lo perdí cuando…”, el varón abusivo morirá, a pesar de que “eran otros tiempos, un hombre podía matar a su mujer y nadie decía nada, estaba bien, para eso era suya”, cuenta la nieta. Al huir, cuando era joven la abuela, se pierde al no distinguir en el monte “los caminos de hombre”. Queda claro. La mujer al irse hace un camino nuevo.
            En el cuento infantil y en el que trata acerca de una familia, “Casa ajena”, la escritora plantea esperanzas y soluciones. En uno, la princesa no será rescatada eficazmente por un príncipe, aunque sí recibe la ayuda que él le dará, ya que “todas las princesas son rescatadas” –dice la madre a su hija–, pero no para ser adornos de sus palacios sino porque saben “amarse mucho a sí mismas”. El cuento mil veces contado es actualizado con un humor escaso en la literatura: el príncipe le regala una grabadora con pilas “del gato negro” y cassettes de Serrat y Perales, y la princesa pondrá un spa  para atender a las damas del reino. Sin embargo, la narradora revelará que fueron felices para siempre, “pero cada quien por su lado”. En la primera ausencia del príncipe, que tiene que ir a ver a una ogra que lo retiene, éste al regresar no encuentra a la princesa: “¿qué pasó con ella?”, pregunta la niña que escucha el cuento. Los lectores deben saberlo. La narradora lo plantea así: si una mujer encuentra al verdadero amor, toma la forma de éste. Ella no espera al príncipe porque “se habría convertido en ogra”.
            En “Casa ajena”, el más extenso de los cuentos, una familia llega a un pueblo abandonado y ocupa la casa más habitable, a la que llegará la hija de la difunta propietaria.
            “–El pueblo se está muriendo –dijo el hombre–, sólo hay viejos y mujeres; los niños nada más crecen tantito y se van, las chamacas de sirvientas y los varones al otro lado a buscar al padre que hace tiempo no manda nada, ni siquiera una carta, y luego, cuando las mujeres se ven solas sin hijos y sin marido ¿a qué se quedan?... También agarran camino, sólo hay algunos viejos, no se van porque si los desarraigan se mueren, apenas sobreviven con lo poco que algunos envían…” (pág. 31).
            Hay aquí una curiosa idea de la narradora. El padre de su relato, un “capitalino”, no conocía la tierra porque había pasado su vida en un departamento y en una fábrica de cemento. Había conocido la arena de Acapulco, pero nada más. La única tierra que recuerda es la que vio de niño en una maceta.
            Lo demás lo adelanto aquí porque es otra clave del libro. Los lectores nos preguntamos, a lo largo del libro de Glenda Castillo, ¿a dónde van las mujeres que escapan? Es posible que en “Casa ajena” esté la respuesta.
En dos momentos distintos (en las páginas 31 y 41) surge la interrogante: “¿a dónde vamos?”. Y hay que saber responderla para evitar la separación de la familia. En un viejo vehículo va la abuela paterna, el papá, la mamá, dos hijos jóvenes y dos hijos niños, gemelos. Hay otros personajes: Eustacio, su hija Blanca y Eduviges, la heredera de la casa. Un relato maravilloso, escrito con maestría, ya un clásico para la literatura veracruzana y para México.