lunes, 29 de octubre de 2012

SALVADOR DÍAZ MIRÓN, CRONISTA POETICO DE SU TIEMPO



Por: Miguel Salvador Rodríguez Azueta

 
Salvador Díaz Mirón tiene muchas facetas: político, periodista y poeta, pero  muy poco se habla de su inquietud por dejar constancia escrita de eventos que sucedían en su ciudad natal.
Como buen poeta era sensible al contacto visual de mujeres bellas, en especial aquellas de tez blanca y apariencia extranjera, tal vez porque en el puerto de Veracruz era difícil observar  mujeres de tales características.
El vate no solo se inspiraba con su belleza sino que indagaba acerca de su vida y si existía alguna historia digna de narrarse, era razón más que suficiente para que la transformara en un poema, tal es el caso de  Dea (1895) é Idilio (1901).
En Dea, el poeta nos narra parte de su estancia en abril de 1895 en el hospital de San Sebastián - edificio que hoy alberga las oficinas del  IVEC (Instituto Veracruzano de la Cultura)-  Díaz Mirón  convalecencia en aquel recinto, apenas  unos meses antes  había fallecido su padre, don Manuel Díaz Mirón.
Debido a su precaria salud las autoridades habían decidido  trasladarlo de la cárcel municipal donde se encontraba en espera de un fallo positivo al juicio que se le seguía desde 1892 por la muerte de Federico Wolter.
El poeta hace un crónica y describe los alrededores, empezando por el hospital: “Recio y amplio edificio que no brilla por la elegancia y el primor del arte. Fue convento y capilla y es hospital.”, el baluarte Santiago “Elévase a la orilla del mar, hacia la parte de oriente, por la cual hay un baluarte, de dos que duran a evocar memoria” y  el parque Zamora menciona: “Al sur y herboso como inculto predio, un parquecillo ruín en cuyo medio un zócalo mezquino espera en vano, con una obstinación que infunde tedio, la estatua de un gran hombre mexicano”.
Es aquí donde el bardo observa a “una moza, con rostro de delirio, pasó, blanca y derecha como un cirio, lírica y turbadora como un canto, odorífera y prócer como un lirio.”

Gracias a sus indagaciones con personal del nosocomio el poeta se entera de la  triste historia de Dea,  cuyo padre Juan Falot fue un soldado del ejército francés que decidió quedarse, enamorado de una mujer local,  formó familia, desafortunadamente al nacer Dea su madre muere y al poco tiempo su padre enferma y se trasladan al puerto, en donde Dea tiene que internarlo por su gravedad y pensar en enclaustrarse en un convento fuera de México,  lo que le lleva a exclamar al poeta:  “Al destino la dicha es una injuria y el oasis un tósigo al desierto”.
En Idilio, Díaz Mirón  transforma en poema la vida de una niña gitana en las afueras de la ciudad de Veracruz, tal vez en lo que se conoce como el Morro o la Tampiquera, pues dice la historia se desarrolla a “tres leguas de un puerto bullente que a desbordes y grescas anima y al que un tiempo la gloria y el clima adornan de palmas su frente, hay un agrio breñal y en la cima de un alcor un casucho acubado que de lejos diviso a menudo y rindiéndose apoya un costado en el tronco de un mango copudo”
Las pistas son fáciles de seguir, tres leguas son un poco más de 16 kilómetros, lo que aproximadamente es de Veracruz a Boca del Río y el poeta además habla de que la casa está en una cima, desde donde se puede apreciar el mar.
“El ponto es de azogue y apenas palpita. Un pesado alcatraz ejercita su instinto de caza en la fresca.”
En dicho lugar el poeta encuentra “una rustica grácil asoma como una paloma” “infantil por edad y estatura sorprende ostentando sazón prematura: elásticos bultos de tetas opimas y a juzgar por la equívoca traza no semeja sino una rapaza que lleva en el seno dos limas”
Díaz Mirón se sorprende por la rara belleza de la pequeña describiéndola de la siguiente manera: “Blondo y grifo e inculto el cabello, y los labios turgentes y rojos, y de tórtola el garbo del cuello, y el azul del zafiro en los ojos”
Sidonia es el nombre de la chica que Díaz Mirón describe, hija de una gitana y de un hombre que al parecer no es su padre y al que ayuda pastoreando borregos “Entre dunas aurinas que otean, tapetes de grama serpean cortados a trechos por brozas hostiles que muestran espinas y ocultan reptiles.”
El final de Idilio es algo erótico, tal vez  el poeta quería enseñarnos  que   la libertad sexual en las afueras de la ciudad era  en extremo natural.
azueta@hotmail.com

2/5/12